En octubre de 2013, David Ebersman, CFO de Facebook, admitió por primera vez una caída de uso entre adolescentes. Fue la primera grieta pública. Once años después, la plataforma que inventó el feed social se convirtió en lo que el sociólogo Nathan Jurgenson describe como un espacio "donde se pueden pavonear, hacer interpretaciones y chequear a otros que están haciendo lo mismo". Un ciclo de comparación sin fin.
El punto está en que Facebook no murió por competencia tecnológica sino por saturación psicológica. Un estudio de la Universidad de Birmingham documentó el "efecto repelente": usuarios que publican fotografías con frecuencia dañan sus relaciones con conocidos menos cercanos. La plataforma que prometía conexión terminó generando distancia. Lindsay Mannering lo resumió antes que nadie: Facebook pasó de lugar para socializar a "más una obligación que un espacio de disfrute".
Agotamiento social
La brecha entre vida real y representación online no es exclusiva de Facebook, pero ahí se hizo visible primero. El cortometraje de Shaun Higton —destacado por Gizmodo— mostró cómo las redes transforman vidas ordinarias en exhibiciones de vacaciones paradisíacas y parejas perfectas. Investigadores acuñaron el término "depresión de redes sociales" para describir el efecto de comparar la propia cotidianidad con versiones editadas de otras vidas. Instagram heredó y amplificó el problema. Un estudio de Digitalt Ansvar en 2024 demostró que Meta no solo falla en moderar contenido de autolesiones: sus algoritmos facilitan activamente la formación de comunidades dedicadas a ese contenido. Durante un mes, los investigadores publicaron 85 imágenes de autolesiones progresivas. Ninguna fue eliminada.
Fragmentación etaria
El ecosistema actual se dividió por generación. TikTok domina entre adolescentes (53-79% de preferencia global) con videos de 30 segundos y algoritmos que aprenden más rápido que el usuario. Instagram retiene a los jóvenes de 18-24 años (56-91%) gracias a Stories y Reels —formatos que copió de Snapchat y TikTok respectivamente. WhatsApp consolidó el segmento 25-34 (86%) como infraestructura de comunicación, no como red social. Facebook sobrevive en ese mismo grupo (75%), pero como álbum de recuerdos, no como plaza pública.
De ahí que las plataformas ganadoras comparten una característica: especificidad. TikTok es entretenimiento algorítmico. Snapchat es mensajería efímera. WhatsApp es utilidad. Ninguna intenta ser todo para todos. Facebook sí lo intentó, y ese fue el costo de su éxito.
El medio que se comió a sí mismo
S. Shyam Sundar, director del laboratorio de efectos de medios en Penn State, describió a Facebook como "un servicio público similar a una compañía telefónica". La analogía es precisa: nadie elige con entusiasmo su proveedor de telefonía. Se usa porque otros lo usan. El efecto de red que lo hizo crecer se convirtió en la razón por la que nadie quiere estar ahí.
El detalle está en que el contenido efímero reemplazó al permanente no por moda sino por autodefensa. Los usuarios aprendieron que todo lo publicado puede usarse en su contra —por empleadores, por algoritmos, por ellos mismos años después. La desaparición automática no es una función: es un mecanismo de protección psicológica.
¿Qué viene después? Las plataformas actuales también envejecerán. TikTok ya enfrenta las mismas acusaciones de daño psicológico que destruyeron la reputación de Facebook. La pregunta no es cuál red social ganará, sino si el formato mismo —la exhibición permanente del yo— tiene fecha de vencimiento.