El sanatorio de Paimio, terminado por Alvar Aalto en 1933, incluyó la butaca 41 —conocida como silla Paimio— diseñada específicamente con una inclinación en el respaldo que, según se creía en la época, ayudaba a los pacientes con tuberculosis a respirar mejor mientras permanecían sentados durante horas. Treinta años después, las epidemias de poliomielitis en Estados Unidos y Europa obligaron a instalar rampas y adaptar baños para sillas de ruedas en espacios públicos, un cambio impulsado por activistas como Ed Roberts, quien lideró el movimiento de vida independiente desde su campus en Berkeley. En 2020, el COVID-19 llenó bancos y taxis con mamparas de plástico transparente, a menudo con señalética contradictoria que generaba más confusión que protección. Cada crisis sanitaria modifica el diseño, pero no siempre con justicia.
La arquitectura moderna no fue neutral. Mientras Alvar Aalto proyectaba sanatorios luminosos, el Movimiento Moderno integraba principios eugenésicos de forma más o menos velada. Charles Darwin escribió en El origen del hombre (1871) sobre el “grave detrimento” que suponían los “miembros débiles” para la especie. Francis Galton acuñó el término “eugenesia” en 1883. Adolf Loos, en “Ornamento y delito” (1908), asoció el tatuaje y la decoración con la degeneración y la criminalidad, defendiendo una estética de pureza visual que coincidía con discursos higienistas de la época. Esa obsesión por lo limpio y lo eficiente se materializó en la Haus am Horn de la Bauhaus (1923), con baños de paredes vidriadas y un énfasis absoluto en la higiene como valor moral, y en las Torres Blancas de Sáenz de Oiza (1969), donde los dormitorios se concibieron como “celdas mínimas, como monjes”, priorizando la funcionalidad ascética sobre el confort inclusivo.
Frente a esa exclusión, surgieron respuestas desde la discapacidad. Herbert Everest —ingeniero y usuario de silla de ruedas— y Harry Jennings patentaron la primera silla de ruedas plegable de acero en 1937. George Klein desarrolló la silla eléctrica en Canadá a principios de los años 50, tras la Segunda Guerra Mundial. Tim Nugent impulsó pruebas de accesibilidad en la Universidad de Illinois, sentando las bases de lo que luego sería el diseño universal. Pero ese concepto, acuñado por el arquitecto Ronald Mace en 1985, pronto mostró límites. Airi Hamraie observó en 2016 que a menudo derivaba en un “buen diseño” neutral y razonable, pero incapaz de garantizar accesibilidad real para quienes más lo necesitaban. Tom Shakespeare había señalado en 2006 que las soluciones no pueden ser universales, porque lo que para una persona es ventaja —una rampa muy empinada, un botón táctil sin relieve— para otra supone un riesgo o una barrera.
La era digital complicó el panorama. Jean‑Marie Cierco recordó en 2002 que antes, una persona con discapacidad visual podía palpar un equipo de música y, tras unos minutos, hacerlo funcionar sin ayuda. Hoy, si no puede leer menús desplegables o iconos sin etiquetas, solo accede a la mitad de las funciones. Donald Norman criticó en 2019 la pérdida de detectabilidad en las interfaces: “No hay forma de saber si debemos hacer clic una, dos o tres veces, o si debemos mantener pulsado”. Mientras, el minimalismo de Apple, defendido por Jonathan Ive como “sumergirse en las profundidades de la complejidad”, eliminó pistas táctiles y visuales que antes guiaban a usuarios con diversidad funcional o cognitiva.
Los movimientos sociales presionaron cambios. En abril de 1977, activistas ocuparon durante 25 días las oficinas federales en San Francisco para exigir la implementación de la Sección 504 de la Ley de Rehabilitación, un antecedente directo de la Americans with Disabilities Act de 1990. Ari Ne’eman, activista por la neurodiversidad, afirmó en 2020 que la no discriminación “es un fin en sí mismo”. Pero la nueva gestión pública, con su obsesión por la eficiencia telemática, dejó sin servicios a los más vulnerables durante la pandemia. El diseño, en lugar de mediar, a menudo aceleró exclusiones: aplicaciones sin modo alto contraste, trámites online inaccesibles, señalética COVID que asustaba más que orientaba.
El libro Crónica del siglo de la peste de Eugenio Vega (2023) argumenta que las enfermedades infecciosas tienen una dimensión social inevitable, y que el diseño organiza la vida construyendo significados que incluyen o excluyen. La cultura moderna rechazó la discapacidad mientras ensalzaba valores raciales e industriales. En una sociedad opulenta y competitiva, inspirada en una selección natural mal entendida, el diseño puede elegir entre seguir filtrando por eficiencia o contribuir a una sociedad más justa. La pregunta no es qué dejará la próxima pandemia, sino qué elegimos conservar después: ¿mamparas que separan, o rampas que integran? ¿Interfaces herméticas, o diseño con detectabilidad? La butaca Paimio fue un gesto médico; la silla eléctrica de Klein, un gesto de autonomía. El diseño nunca es solo forma; es ética materializada.